Todo comenzó con un mensaje.

Un mensaje enviado desde Suiza. Una preocupación por Venezuela.

La mañana del 25 de junio de 2026, mi amigo suizo Rolf me escribió después de escuchar las primeras noticias sobre los terremotos en Venezuela. Quería saber si mi familia y mis amigos estaban bien. En pocas palabras, alguien que estaba lejos había decidido no mirar hacia otro lado.

Yo todavía no lo sabía, pero aquel mensaje sería el comienzo de un puente.

Mensaje recibido a las 6:19 de la mañana del 25 de junio de 2026. Publicado con autorización de Rolf.

Después miré las redes y busqué a los míos.

Apenas leí el mensaje de Rolf, empecé a buscar información en las redes. Las imágenes y los primeros reportes que circulaban me preocuparon profundamente. Todavía no comprendía el alcance de lo que estaba ocurriendo, pero sentí que no podía quedarme esperando.

Entonces escribí al grupo de WhatsApp de mi familia. Les pedí que nos mantuviéramos informados y que avisaran si sabían algo de nuestros familiares, amigos o seres queridos en Venezuela. Desde Suiza, cada nueva imagen aumentaba mi preocupación.

Antes de pensar en cómo ayudar, necesitaba saber si los míos estaban bien.

Entonces empecé a buscar más lejos.

Volví a abrir una cuenta de Facebook que había dejado atrás durante años. Allí seguían muchos compañeros, amigos y personas con quienes compartí una parte importante de mi vida en Venezuela. Empecé a escribirles uno por uno.

Busqué gente de La Guaira, Katia La Mar, Caraballeda, Los Caracas y otros lugares. La pregunta era sencilla: “¿Estás bien?”. Algunas respuestas llegaron rápido. Otras tardaron. Y algunas historias me dejaron frente a una realidad mucho más dolorosa de la que alcanzaba a ver en las redes.

El terremoto ya no era una noticia. Tenía nombres, rostros y voces conocidas.

Entonces sentí la necesidad de contar lo que estaba viendo.

Las historias que empezaban a llegar no siempre coincidían con lo poco que alcanzaba a ver desde lejos. Había dolor, incertidumbre y personas intentando ayudar, pero también una enorme necesidad de saber qué estaba ocurriendo realmente.

Así comencé a utilizar mis redes para compartir información, buscar fuentes y contar algunas de esas historias. No porque tuviera todas las respuestas, sino porque sentía que guardar silencio ya no era una opción.

Informar también podía ser una forma de tender un puente.

Fotografía: Isaac Paniza · La Guaira, Venezuela · 25 de junio de 2026. Pendiente de autorización para publicación definitiva.

Entonces miré mis manos.

Mi esposa veía mi preocupación. Yo seguía buscando información, mirando imágenes y tratando de entender la dimensión de lo que estaba ocurriendo. En algún momento le dije algo que ya no podía sacarme de la cabeza: “Tengo que hacer algo desde aquí”.

En Venezuela veía personas removiendo escombros con sus propias manos. Gente haciendo lo que podía con lo poco que tenía. Entonces miré mis manos y pensé: quizá yo también podía utilizarlas. No para excavar, porque estaba a miles de kilómetros, sino para sostener una cámara, encender un micrófono y ayudar a que otras voces fueran escuchadas.

No podía mover aquellos escombros. Pero sí podía usar mis manos para ayudar a que otros vieran lo que estaba ocurriendo.